«Una vez tuve un hijo»
Mantengo la idea, él sigue siéndolo, sigue viviendo en mi y en el recuerdo. Pero cuando me detengo frente a su retrato, mis pensamientos me llevan a decir, «pareces un sueño» ahí tan perfecto, esa sonrisa serena y tierna, esa imagen que tanto me acompaña cada día y en todo momento.
Quiero que siga viendo el mundo a través de mis ojos, ojos que amplían las pupilas por pequeños detalles, esos instantes que antes me eran insignificantes y ahora lo son todo, eso quisiera; aunque no sé en qué momento conseguiré vivir sin tener ese plan B bajo resguardo, que si necesito apartarme tenga donde hacerlo, y respirar, y detenerme, bajarme del mundo que sigue girando…
Qué difícil se hace sentir esa normalidad como si nada hubiera ocurrido, cada vez me cuesta más y a la vez tengo más ganas de decir que así estoy yo, sin ti, un nuevo sentimiento ha venido para quedarse, una sensación extraña que nunca antes había sentido, debo buscarle un nombre.
Recuerdo escribir sobre esa parte de mí que se fue contigo, esa parte que se emocionaba preparando un regalo, una sorpresa, vagamente recuerdo ese ímpetu en mostrarle a alguien la oportunidad de abrir los ojos y emocionarse por algo que generosamente preparaba, ya no, no siento esa magia, solo me dejo llevar y recuerdo : permitirme sentir y hacer como desee, me doy permiso para sentir, decir si o decir no… y está bien así, y aún así se hace muy difícil.
Lo que va contra natura me transforma en estatua, que finge moverse al son del mundo, en verdad sigo inmóvil. Porque ya nada importa, da igual que sea de mi y mi futuro, ya nada será igual o ya nada tendrá la posibilidad de ser algo de aquello que quedó destruido, roto para siempre. Aquel ya lejano castillo que creía de roca, alabastro robusto y como en aquel cuento, que solía contar a mi niña de pequeña, con un soplido de un malvado truncó, desmoronó y desvaneció en el aire, aquel palacio, aquel hogar que tanto costó crear. Y no siento que sea victimismo, sé que toca transitar por este duelo y eso hago, pero cuesta, todo cuesta…
El otro día leí que la muerte de un hijo es la noche más oscura del alma. Cuánta razón, y qué profundas palabras y dolor. Porque en ese justo momento, en el cual mi alma supo, con un silencio ensordecedor, como una caída al abismo donde no se escucha nada, descubrió en mi interior que mi hijo estaba muerto, que toda esa vida, todo ese mundo que recorrí, se detuvo y pensé -«y ahora qué».
Releer sentimientos que otros antes sufrieron, duelos explicados con sentimiento, palabras nuevas en mi vida, que antes nunca pronuncié, todo ello vino para quedarse y transformarme. Sé que depende solo de mi saber en qué me transformaré, a dónde me conducirá y como alimentará a partir de ahora mi día a día; me seguiré permitiendo nubes y claros.
«Una vez tuve un hijo»
Porque lo tuve, lo llevaré en mi alma, mi vientre, mi mente y mi corazón, jamás se separará de mi, y si me olvido de él, por favor recordadme que un día tuve a un ángel como hijo, si mi memoria me falla, por favor, mostradme el retrato que hoy me acompaña de día y de noche y explicadme historias y anécdotas de su vida, su corta e instensa vida.

Estoy cansada, agotada de mantenerme a flote, de saber que puedo hacer como siento, pero a la vez la coraza pesa mucho, solo sentir y desear que esté en un mundo mejor no basta para aliviarme, me falta el contacto con alguno de los cinco sentidos, oír su risa, acariciar su pelo, sentir su presencia… porque mi ego sigue apretando y ahogando, y esa batalla se la tengo que ganar.
