Querido nieto: Cuando pienso en ti, y lo hago con frecuencia, pierdo la noción del tiempo y no puedo creer que haya pasado un año desde aquel fatídico día, pues en mi mente aún permanecen grabadas aquellas imágenes y vuelven los recuerdos de aquellas terribles horas que estuvimos esperando el resurgir de una vida, que por desgracia ya no existía. Siempre nos quedó la esperanza, y la esperanza entonces fue desesperación.
Ahora vuelvo hacia atrás y procuro cambiar, que no olvidar, esas imágenes por las de tu corta y feliz vida de 18 años. Esa afición por el deporte, esos gestos de rabia cuando no llegabas el primero, esas ansias de superación, ese respeto y ayuda a los compañeros, esa nobleza en todos tus actos y tantas y tantas cosas que se podrían decir de ti, que pasan como una película por mi mente. Esas lágrimas rebeldes que no puedo parar me confunden, pues no se si son de alegría al verte, o de dolor por haberte perdido. Y me pregunto, ¿hasta cuándo va a durar esto?
Hay personas amigas que con buena intención me dicen, que tenemos que ser fuertes para seguir viviendo con este dolor, en espera de que el tiempo, poco a poco, vaya curando las heridas; yo les digo que sí, que el tiempo puede curar las heridas del cuerpo, pero, ¿quién y cómo se curan las heridas del alma?. Heridas que están supurando pena y dolor a todas horas, en forma de sentimientos, imágenes y recuerdos…, que acaban siempre haciendo la misma pregunta. ¿Porqué tan joven?, ¿Por tú y no yo, o cualquiera de los cuatro abuelos que estamos ya en la etapa final de nuestra vida? No hay respuesta. Por mi larga vida, he sufrido la pérdida de muchos seres queridos, pero a pesar del dolor, he podido soportar su ausencia con resignación, pues todos ellos habían vivido una vida, su vida, cada uno a su manera. Pero en tu caso, querido Óscar, cuando te cortan la vida, por supuestos errores, empezando a vivir, en esos momentos, los que estábamos junto a ti, sufrimos un dolor tan fuerte, que parecía que el mundo se nos caía encima, y aquella terrible espera se convirtió en ira y rabia, y los principios y valores que nos enseñaron de pequeños se derrumbaron como un castillo de naipes, perdimos la fe en el mundo y todo lo que nos rodeaba, y sólo nos quedaron las lágrimas de la impotencia y el dolor en el alma.


Yo he vivido todas las etapas de una vida y pienso, que por eso sufro más tu ausencia, pues me doy cuenta de que una vida tan prometedora como la tuya, que tenía todo para disfrutarla, eras joven, tenías salud, ilusión, ansias de vivir, de conocer mundo, una familia que te adoraba, tenías y tienes mucho cariño a tu alrededor, tenías, en definitiva: EL PRIVILEGIO DE VIVIR, y te lo arrebataron todo. Y ante esto ¿qué consuelo podemos tener los que por edad y experiencia sabemos lo que podías haber vivido y no te dejaron?. No quiero terminar, sin antes pedirte, que estés donde estés, seguro que estarás allí donde van los limpios de corazón, y sabes que tus padres y tu hermana están sufriendo mucho, les digas, ¿qué sentido puede tener la vida si nos encerramos en el dolor y el sufrimiento? Que piensen, que las personas tan queridas como tú, aunque se marchen de nuestro lado no están lejos, están ayudándonos en el día a día, a soportar esta pesada carga, siempre aferrados a nuestra existencia. Diles, que después de tanto dolor, tienen que recuperar la sonrisa, la ilusión por la vida, tienen derecho a ser felices, lo necesitan, se lo merecen y tú les animarás y acompañarás siempre. Otra vez te digo adiós querido nieto. Jamás pensé que sería de ésta manera, que te escribiría cartas, que junto con tu abuela, te pondríamos flores cada día junto a esa foto tuya, que preside nuestro hogar, la foto de la sonrisa, como yo la llamo y que al mirarla parece que desprende magia, pues nos da fuerzas para seguir adelante.
Todo esto, por ley de vida, debería haber sido al contrario. Decirme adiós, escribirme y ponerme flores tú. Pero el destino, la mala suerte, o el misterio que rige nuestras vidas, no te dieron tiempo ni para despedirte y haber hecho un pacto conmigo: tú a vivir una vida prometedora, y yo, que ya viví mucho hubiéramos evitado el sufrimiento de muchas personas, entre ellas, tres muy queridas.
Pero la vida es malvada y caprichosa, a veces quebranta sus propias leyes y obra de manera cruel e injusta, ¡muy injusta!.
Te quiero Óscar. Te queremos.
HASTA SIEMPRE.
