Recordar esas 72 horas me revuelve el estómago, es recordar y seguir curando una herida que no se cierra. A la mañana siguiente vemos a nuestro niño igual, mismo sitio, misma postura, todo sigue igual, horas y horas…
Eso sí, no nos falta de nada, a no ser por el olor quirúrgico y el ambiente aséptico, parecería que estuviéramos en un hotel, todo eran facilidades.
_ «Cuanto más nos ofrecéis peor me siento y menos me gusta».
_»Ya, pero es que nos han dicho que todo lo que queráis está a vuestra disposición»...
Y entonces puedes pensar ¡qué bien te cuidan!, claro en una situación así… así como? Oscar tiene que despertarse y nos vamos a casa!
Pero tú te ahogas en el llanto y el schock de ver a tu hijo en coma, respirando gracias a una máquina con mil cables y tubos. Yo solo pensaba en llevarme a mi hijo a casa para cuidarle, para quererle, sacarle de allí y darle todo el cariño de su familia, esperábamos un hilo de vida al que agarrarnos con fuerzas…
La humanidad que no sentimos se camufló con ofrecimientos, una habitación para nosotros, para descansar, tickets de aparcamiento y comida y bebida si necesitábamos… Agua en todas partes, en la sala de espera de UCI, en el box de Oscar… Vieron llegar a tantas personas preocupadas por lo que ocurría que nos ofrecieron otra habitación… !dos! aunque después incluso cerraron esa zona de la segunda planta, quizás pensaron que provocaríamos algún escándalo o hablaríamos con los pacientes, aquellos que respetamos en todo momento.
Pero todo eso carecía de valor para nosotros, ¿desagradecidos? Puede ser, no me importa, lo que yo quería no me lo daban, “endulzar el sufrimiento” es lo que pensé yo, solo queríamos a Oscar con nosotros, esperar a que despertara… cuando seguramente ellos ya sabían que no lo haría nunca, los datos nos lo confirmarían 72 horas después.
Yo sabía que mi niño el día 29 de Marzo se había dormido para siempre y la agonía de esas 48 horas fueron una pesadilla, una impotencia, un desasosiego que no encontraba paz. Pero no quería creerlo.
Los abrazos y el llanto compartido con todos aquellos que querían a Oscar y a nosotros nos partían en dos y nos consolaban, miraba a los ojos de todos y decía _Esto no nos puede estar pasando; no quiero ser protagonista de esta pesadilla, no, mi niño no, Oscar… Oscar es el que está ahí, no puede ser…
Siempre al lado de Oscar, le hablaba por la noche, cogiéndole la mano junto a su “babau”, el que le regaló su hermana al nacer y que no se separaba de él. Le ponía su playlist favorita, incluso reguetón, a ver si así despertaba y me decía ¡mama déjalo ya! Le leí lo que su amigo, su hermano del alma me envió para leerle una y otra vez, lo mucho que les quedaba por hacer; le puse las notas de piano que su amigo le regaló y le encantaba escuchar, todo lo que podía para que hiciera algún gesto…

Y la noticia nos llego justo 2 días después de que viera a mi niño irse en una camilla tumbado, ¡cuántas veces he pensado porqué no tuve una señal de pararlo en aquel momento y decirle, no! ¡No vayas, hoy no! No me lo quito de la cabeza.
Muerte cerebral confirmada, confirmada por unas pruebas, por unas máquinas, cuando mi corazón sabía que dejar a mi niño sin oxígeno durante tanto tiempo no era nada bueno.
Y ahí es cuando un “lo siento” suena a NADA, ni disculpa, ni arrepentimiento, ni dolor, solo ves a seres delante de ti como si de un parte meteorológico se tratase…seguimos en shock y les digo :
_Levantad la cabeza, sí tú! mírame!, “Me habéis quitado a mi hijo”. Aquí nació y aquí se queda por vosotros.
“Me habéis quitado a mi hijo”.
Nadie dice nada, aguantan el tipo, no reaccionan, quizás piensan que somos neandertales y les vamos a atacar y les vamos a arrancar el corazón… no que va… eso es lo que ellos nos hicieron.
Y aún así, con todo el dolor que se puede llegar a sentir, queremos que el corazón de Oscar, de un atleta, ese corazón tan grande y fuerte que luchó hasta el último momento, siga latiendo en otra persona que lo necesite y así lo pedimos. Mi hijo era perfecto en vida, pues en su muerte también lo tenía que ser, generoso y dando vida a quien pudiera aprovechar una segunda oportunidad.

Y entonces es cuando mi hija 4 años mayor que Oscar sale de la sala, no puede respirar…y mi sobrina se la lleva a Urgencias para que le atiendan, allí ya están avisados que alguien de la familia podría acercarse, ya saben lo que ha pasado hace días… y aún así cuando mi hija llega con un ataque de ansiedad pidiendo un calmante, algo que la sosiegue, lo que se les ocurre decir es: _¿Me das el DNI y la tarjeta de la Mútua?, ni una silla de ruedas siquiera… solo eso. Díganme si, aún sabiendo de la situación, eso es humanidad, no lo entiendo. Díganme si es humanidad tenernos dos días más “a oscuras” hasta que unos papeles certificaban lo que ya sabían desde el primer día, 48 horas más soñando con un desenlace diferente; y que oigas que “Es que estamos preparando a la familia”.
Humanidad : Capacidad para sentir afecto, comprensión o solidaridad hacia las demás personas.
No soy capaz de entender la motivación o desidia del equipo de trauma que no llegó ni a intervenir a Oscar, que no participó en lo que pudo ocurrirle; el mismo equipo que me operó del hombro justo 2 semanas antes; no puedo entender que estando a 80 metros como mucho de la UCI donde me pasé casi 72 horas al lado de mi hijo, no fueran capaces de venir y darnos apoyo, o en último caso, el pésame por nuestra terrible pérdida; ni tan siquiera han consultado porque no he seguido mi postoperatorio y evolución con ellos, de verdad no entiendo la falta de empatía y solidaridad por un equipo de médicos (Artroesport) que se vanagloria poniendo fotos en las paredes de su consulta de gente famosa dándole las gracias, yo no puedo hacerlo…
¿De verdad no se pudo hacer mejor?
